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14 de noviembre

por | Feb 11, 2019 | COMPRA ÉTICA

LetiziaMe gustaría compartir con vosotros mi entrada en Siria del pasado 14 de noviembre. El motivo de mi entrada fue la compra del aceite para enviarlo desde Afrin (Siria) a la fábrica de Alepo y comenzar la próxima remesa. Esa es la época de la compra del aceite de oliva y del aceite de laurel. En la parte de Turquía, ya estamos con la producción, igual que lo que están haciendo ya en la fábrica de Alepo.

Creo que en los 8 años desde que comenzó la guerra, he debido ser de las pocas empresarias europeas que he logrado acceder y máxime, en la zona norte, en la región de Afrín, colindante con la región de Alepo e Idlib.

No hablo árabe y el lenguaje dificulta casi totalmente la comunicación. Digo casi totalmente, porque la comunicación no verbal, funciona. No necesitas oír para comprender el dolor en sus miradas. O en las mujeres, el dolor en sus abrazos. El check point por el que entré se llama “operación rama de oliva”. En cuanto cruzas la frontera descubres que el nombre fue elegido con mucho acierto. Si no fuera porque sabes donde estás, pensarías que estás en Jaén. Explanadas inmensas de olivos alineados entre los que ves a niños corriendo, madres recolectando, hombres rezando. El coche va a gran velocidad por carreteras sin asfaltar, senderos por lo que mires donde mires, solo ves olivos.  
Mi primera parada fue en el hospital de Jinderes. La entrada en esta ciudad es caótica. Muchos edificios están caídos y los que siguen en pie, bombardeados. Escombros, agujeros, ciudad sin agua, sin luz, armas y destrucción. Se respira miedo, tensión, agresividad, virulencia y descubres que a escasos kilómetros de donde vives, se encuentra la mayor perversión del ser humano. Esto lo piensas después, una vez logras asimilarlo, porque cuando estás ahí, el riesgo es tan alto que solo observas de forma cauta y fugaz lo que ocurre a tu alrededor.

En el hospital de Jinderes, realizaron el proceso de selección del personal. MdM les había preparado unos briks de zumo y leche, con unas pequeñas pastas. Llegaban sucios, llenos de barro, con las miradas perdidas y con la esperanza de volver a trabajar. Médicos, enfermer@s, matronas. Completaban uno a uno sus solicitudes, su experiencia, algunas de ellas desde su burka manchado. Mujeres con estudios, formadas, asustadas, cercanas, jóvenes y además, viudas. Madres de niños que dejaron de ir a la escuela. Ahora que el hospital ya está abierto, han comenzado a trabajar. Y seguro, cuando vuelva a verles, tendrán otra esperanza.

Finalizado el proceso, nos dirigimos a la ciudad de Afrin. De camino, cruzas multitud de check points. El acceso es escalofriante. Armas mezcladas con niños y tendidos eléctricos caídos, entre escombros y suciedad. La sensación es de vacío, un vacío absoluto.

El acceso a la fábrica de aceite, fue apoteósico, rápido, con personas que no sabía ni quienes eran, pero que pude fotografiar. Y ahí fue la negociación en primera persona, sobre cifras ya habladas, fácil, deprisa, bien explicado y entendido. Ellos tienen el mejor aceite, decían y hasta del chorro que salía, tuve que probarlo. La manualidad y la delicadeza, en aquel entorno, me pareció sorprendente. Porque la realidad es que tienen hambre de trabajar y de vivir. Y agradecen que tú, desde la igualdad empresarial y con el mismo objetivo, les devuelvas normalidad.

 

Mi primera parada fue en el hospital de Jinderes. La entrada en esta ciudad es caótica. Muchos edificios están caídos y los que siguen en pie, bombardeados. Escombros, agujeros, ciudad sin agua, sin luz, armas y destrucción. Se respira miedo, tensión, agresividad, virulencia y descubres que a escasos kilómetros de donde vives, se encuentra la mayor perversión del ser humano. Esto lo piensas después, una vez logras asimilarlo, porque cuando estás ahí, el riesgo es tan alto que solo observas de forma cauta y fugaz lo que ocurre a tu alrededor.

En el hospital de Jinderes, realizaron el proceso de selección del personal. MdM les había preparado unos briks de zumo y leche, con unas pequeñas pastas. Llegaban sucios, llenos de barro, con las miradas perdidas y con la esperanza de volver a trabajar. Médicos, enfermer@s, matronas. Completaban uno a uno sus solicitudes, su experiencia, algunas de ellas desde su burka manchado. Mujeres con estudios, formadas, asustadas, cercanas, jóvenes y además, viudas. Madres de niños que dejaron de ir a la escuela. Ahora que el hospital ya está abierto, han comenzado a trabajar. Y seguro, cuando vuelva a verles, tendrán otra esperanza.

 

Finalizado el proceso, nos dirigimos a la ciudad de Afrin. De camino, cruzas multitud de check points. El acceso es escalofriante. Armas mezcladas con niños y tendidos eléctricos caídos, entre escombros y suciedad. La sensación es de vacío, un vacío absoluto.

El acceso a la fábrica de aceite, fue apoteósico, rápido, con personas que no sabía ni quienes eran, pero que pude fotografiar. Y ahí fue la negociación en primera persona, sobre cifras ya habladas, fácil, deprisa, bien explicado y entendido. Ellos tienen el mejor aceite, decían y hasta del chorro que salía, tuve que probarlo. La manualidad y la delicadeza, en aquel entorno, me pareció sorprendente. Porque la realidad es que tienen hambre de trabajar y de vivir. Y agradecen que tú, desde la igualdad empresarial y con el mismo objetivo, les devuelvas normalidad.

 

Después me llevaron a comer a una de sus casa de piedra que aún se mantienen en pie y que tanto me recordaban a los patios andaluces. Tenían varios habitáculos y en uno de ellos, sobre una gran alfombra, nos sentamos en círculo. Todo eran hombres, muchos y yo, que tan solo veía comida y calcetines. En un momento alcé la mirada y le dije al traductor que por favor les preguntara cómo era posible que yo, siendo mujer, pudiera comer con todos ellos. Se rieron durante un buen rato y entre risas me explicaron como cualquier persona, siendo su invitado, come con ellos. Tanto aún por aprender.

Tuve ocasión de entrar en otro habitáculo donde estaban algunas mujeres. Me contaron de dónde venían y por lo que habían pasado, pero de forma natural, no dramática. Y en ese momento, sentía que aún no quería irme, aunque ya era tarde y era hora. Una anciana se quedó mi velo como bendición.

De regreso, paramos en un orfanato, algo que ya sabía haríamos y para lo que preparamos juguetes, comida, etc.

Creo que me dijeron que habían unos 300 niños. No lo sé, eran muchísimos, algunos bebes y otros muy chiquititos. Los más mayores y unas señoras, mamás viudas de otros niños que también estaban allí, cuidaban de ellos.

Como madre de tres niños, no aguantaba las ganas de llorar, me partió absolutamente el alma. Creo que este fue el motivo por lo que hasta el día de hoy, habiendo transcurrido dos meses, no he sido capaz de contarlo. ¿Qué pasará con estos niños que vieron cómo mataron a sus padres y familiares? ¿Qué pasará con ellos si no les educamos? ¿Qué pasará si no logramos construir fuera del rencor? Y la gran pregunta es, ¿qué pasará con todos nosotros?

 

Siria nunca volverá a ser lo que fue y por eso, necesitamos que el sector privado se involucre en crear proyectos empresariales que generen empleo y por tanto, educación. Será la mejor y única solución para una sociedad sostenible.

Gracias,

Letizia Buzón

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